lunes, 19 de agosto de 2013

Mi tertulia semanal

      No domino tampoco la filosofía, más allá del conocimiento obtenido, primero en Bachillerato; después –muy escaso, por los cambios de planes que me tocó vivir- en la facultad y, desde entonces, en lecturas y clases de aficionado. Pero sí creo, en ese mi corto entender, que no se ha sido demasiado justo con Epicuro, filósofo griego, entre los siglos IV y III a. C, al que no se nos ha enseñado a catalogar e identificar con el hedonismo y el placer sensual en general. 

      Y no porque este filósofo no defendiera la bondad de los placeres, sino porque los organizó y jerarquizó de tal manera, que puso en lugar destacado, como “placer del alma natural e innecesario” el de la conversación amena con los amigos, muy por encima de los que denomina placeres naturales necesarios –comer y beber, por ejemplo- y a la altura de las artes. Es, según nuestro filósofo, uno de los placeres que hay que practicar hasta la satisfacción del corazón.

  ¡Qué bien me lo paso en mi tertulia semanal! Y cuánto aprendo de mis interlocutores, de mis amigos. Pasamos de los temas personales, a modo de repaso de la semana, al comentario de acontecimientos y noticias destacadas; referimos e intercambiamos nuestras respectivas lecturas y nos regalamos opiniones sobre ellas. Naturaleza, historia, literatura, valores humanos… Siempre con la sinceridad gratuita, innecesaria, del que no espera, a cambio, más que otra opinión. No hay lugar para los halagos fáciles, ni se prodigan las tercas oposiciones. Cuanto más hablamos, más profundizamos en nuestra amistad, más se satisface nuestro corazón. De tal modo que, nada más terminar nuestro encuentro, ya pensamos en el siguiente.

      Efectivamente, la amistad es un gran placer, y la conversación, su mejor manifestación. En esta época de contactos electrónicos, tal vez estemos tan preocupados por estar cerca de los ausentes, con nuestros móviles y ordenadores, que perdamos la hermosa oportunidad que nos brinda el contacto, innecesario, pero tan fructuoso, tan enriquecedor, de los que podemos tener cerca de nosotros “ con carne, hueso, nariz y pescuezo”, como aprendí a decir de pequeño.
  

domingo, 18 de agosto de 2013

Repite, que algo queda

Parece claro que,  a lo largo de la vida,  lo que  comenzó  siendo  una elección libre, original, creativa, puede terminar convertido en rutina o en necesidad, con lo que pierde el carácter de elección consciente, al menos con lo que suele llamarse voluntariedad actual. 

Por otro lado, tenemos que elegir, necesitamos elegir, no hacemos otra cosa que elegir; o al menos eso pensamos, incluso cuando nuestro acto concreto ya escapa de hecho a nuestra capacidad de elección. Pienso, por ejemplo, en mis años de fumador, cuando yo cogía un cigarrillo pensando que elegía fumar libremente, pero en realidad casi no podía dejar de hacerlo. Bien es verdad que un día dejé de fumar, y recuperé –por así decirlo- mi libertad de elección, que desde ese momento me ha llevado a elegir no fumar, sin ningún esfuerzo.

Tal vez tengamos, entonces, que concluir que esa capacidad de elegir tiene que ejercitarse constantemente, de verdad, es decir, que nos interesa poner a prueba habitual nuestra capacidad de decir que sí o que no, y especialmente la de decir que no, que parece más madura que la de conceder sistemáticamente a nuestro deseo lo que en principio se le presenta como satisfactorio. Y esto en todos los terrenos.

Porque, viéndolo con perspectiva positiva, el autodominio proporciona una grandísima satisfacción. Es realmente agradable ser capaz de llevar una decisión, tal vez exigente en sí misma, pero con unos objetivos que resulten interesantes, hasta sus últimas consecuencias. 

De ese modo, y volviendo al principio, al elegir libremente un acto y otro, y repitiéndolos una vez y otra, en orden a la consecución de aquello que consideramos importante, llega un momento en que nos parece que escogemos aquello que queremos, casi sin esfuerzo, casi si elegirlo, casi rutinariamente y, sin embargo, para el que nos observa con imparcialidad, podemos llegar a convertirnos en personas de carácter, y esos hábitos, fruto de nuestra repetición, creativa y esforzada en su origen, podrían ser ahora llamados simplemente virtudes.