No domino tampoco la filosofía, más allá del conocimiento obtenido, primero en Bachillerato; después –muy escaso, por los cambios de planes que me tocó vivir- en la facultad y, desde entonces, en lecturas y clases de aficionado. Pero sí creo, en ese mi corto entender, que no se ha sido demasiado justo con Epicuro, filósofo griego, entre los siglos IV y III a. C, al que no se nos ha enseñado a catalogar e identificar con el hedonismo y el placer sensual en general.
Y no porque este filósofo no defendiera la bondad de los placeres, sino porque los organizó y jerarquizó de tal manera, que puso en lugar destacado, como “placer del alma natural e innecesario” el de la conversación amena con los amigos, muy por encima de los que denomina placeres naturales necesarios –comer y beber, por ejemplo- y a la altura de las artes. Es, según nuestro filósofo, uno de los placeres que hay que practicar hasta la satisfacción del corazón.
¡Qué bien me lo paso en mi tertulia semanal! Y cuánto aprendo de mis interlocutores, de mis amigos. Pasamos de los temas personales, a modo de repaso de la semana, al comentario de acontecimientos y noticias destacadas; referimos e intercambiamos nuestras respectivas lecturas y nos regalamos opiniones sobre ellas. Naturaleza, historia, literatura, valores humanos… Siempre con la sinceridad gratuita, innecesaria, del que no espera, a cambio, más que otra opinión. No hay lugar para los halagos fáciles, ni se prodigan las tercas oposiciones. Cuanto más hablamos, más profundizamos en nuestra amistad, más se satisface nuestro corazón. De tal modo que, nada más terminar nuestro encuentro, ya pensamos en el siguiente.
Efectivamente, la amistad es un gran placer, y la conversación, su mejor manifestación. En esta época de contactos electrónicos, tal vez estemos tan preocupados por estar cerca de los ausentes, con nuestros móviles y ordenadores, que perdamos la hermosa oportunidad que nos brinda el contacto, innecesario, pero tan fructuoso, tan enriquecedor, de los que podemos tener cerca de nosotros “ con carne, hueso, nariz y pescuezo”, como aprendí a decir de pequeño.