¡Qué difícil es escribir todos los días! Uno tienes tantas cosas sobre las que reflexionar en voz alta y, sin embargo, a la hora de la verdad te domina el demonio de la responsabilidad. Porque no es lo mismo -piensas- decir las cosas, "hablarlas", que dejarlas por escrito; como si el hecho de dejarlas escritas, aunque sea de este modo virtual, significara en sí mismo algo más que eso: dejarlas escritas; como si estuviera uno hablando con especial solemnidad y tuviese, en su caso, que dar cuentas ante la prueba irrefutable de la publicación, frente a las palabras sólo dichas, que se las lleva el viento.
Es cierto que, en teoría, la expresión escrita es más reflexiva que la oral; que pensamos más lo que escribimos que lo que simplemente decimos; que usamos códigos distintos o, al menos, que adaptamos el código general de la lengua a nuestra intención de escribir o de hablar. Será por eso por lo que escribimos tan poco. Situarnos ante una hoja -o una pantalla- en blanco se nos antoja arduo, lento y poco provechoso: ¿Para que nos sirve a la mayoría de las personas, con todo lo que tenemos que hacer, ponernos a escribir? ¿No es más práctico, decir lo que tengamos que decir, incluso a distancia con la ayuda de los teléfonos móviles? ¿No resolvemos así antes los problemas que nos impulsan a comunicarnos...?
Pero, tal vez, al haber perdido -el que lo tuviese, claro está- el hábito de escribir, tendemos a pensar menos, a improvisar nuestras consideraciones y opiniones. Puede ser que con ello ganemos en espontaneidad, pero también puede ser que perdamos oportunidades de elaborar mejor nuestros argumentos, ante la prisa de la intervención inmediata. Puede ocurrir que perdamos incluso la vergüenza que se siente cuando comprobamos que hemos dicho, sin más, una tontería.
Y si no, hagamos la prueba. Elijamos uno cualquiera de los muchos temas sobre los que opinamos con toda libertad, franqueza y espontaneidad, e intentemos poner por escrito lo que diríamos si se nos ofreciera la posibilidad. Seguramente, escribíamos poco y borraríamos mucho. Tal vez no escribiríamos nada o casi nada, al preguntarnos el porqué de lo que queremos afirmar, o al caer honradamente en la cuenta de que no tenemos motivos serios para opinar de la manera en que íbamos a hacerlo.
Así que una buena gimnasia mental -además de ortográfica, aunque eso es otro capítulo- puede ser escribir un poquito más y frecuentemente, incluso todos los días -nulla dies sine linea, ningún día sin escribir algo- como modo de pensar más y de hablar mejor, con más respeto, ante lo que merece, por lo menos, una pequeña reflexión antes de ser manifestado.
Pero, tal vez, al haber perdido -el que lo tuviese, claro está- el hábito de escribir, tendemos a pensar menos, a improvisar nuestras consideraciones y opiniones. Puede ser que con ello ganemos en espontaneidad, pero también puede ser que perdamos oportunidades de elaborar mejor nuestros argumentos, ante la prisa de la intervención inmediata. Puede ocurrir que perdamos incluso la vergüenza que se siente cuando comprobamos que hemos dicho, sin más, una tontería.
Y si no, hagamos la prueba. Elijamos uno cualquiera de los muchos temas sobre los que opinamos con toda libertad, franqueza y espontaneidad, e intentemos poner por escrito lo que diríamos si se nos ofreciera la posibilidad. Seguramente, escribíamos poco y borraríamos mucho. Tal vez no escribiríamos nada o casi nada, al preguntarnos el porqué de lo que queremos afirmar, o al caer honradamente en la cuenta de que no tenemos motivos serios para opinar de la manera en que íbamos a hacerlo.
Así que una buena gimnasia mental -además de ortográfica, aunque eso es otro capítulo- puede ser escribir un poquito más y frecuentemente, incluso todos los días -nulla dies sine linea, ningún día sin escribir algo- como modo de pensar más y de hablar mejor, con más respeto, ante lo que merece, por lo menos, una pequeña reflexión antes de ser manifestado.