Últimamente utilizo mucho el autobús, es mas barato y seguro que coger el coche, sobre todos para los pequeños desplazamientos que realizo habitualmente. Nada más que pensar dónde aparcar en el centro de la ciudad ya me hace desistir. Pues,en la mayor parte de los autobuses urbanos que frecuento, han incorporado unas pantallas en la que, además de señalar las sucesivas paradas de la línea, se facilita todo tipo de información y de entretenimientos para los usuarios del servicio. Una de las opciones de entretenimiento es la reproducción de frases de personas célebres. Habitualmente no les presto mucha atención, pero el otro día me llamó la atención una de esas frases, de no recuerdo quién, que decía "La conversación nos enseña más que la meditación". La apunté en el móvil -donde últimamente anoto todo- y me sirve ahora para realizar mi entrada.
Es verdad que necesitamos del diálogo, que gracias a nuestras conversaciones podemos aprender tantas cosas. Podríamos considerar que nuestros maestros nos han trasmitido sus conocimientos en la conversación que se supone debe existir en una clase, en la que se suceden, con frecuencia, conversaciones, con preguntas y respuestas. Y disfrutamos conversando con amigos que tienen temas de los que hablar, porque aprendemos sin duda de ellos.
Pero habría que ver si conversación y meditación son absolutamente independientes, si se puede dar de verdad la una sin la otra. Me viene a la cabeza, creo que es de Gracián, la famosa frase -que también podría aparecer, por cierto, en los monitores de los autobuses: "No siempre se ha de decir lo que se piensa, pero siempre se ha de pensar lo que se dice". ¿Se puede hablar de cosas sin sentido? ¿Se puede conversar sin pensar en lo que se ha oído, se ha dicho antes o se quiere decir? Después de una conversación interesante, ¿no apetece, a veces, meditar sobre lo hablado, dicho o escuchado, para asimilarlo?
Así que tengo que disentir de lo expresado en la frase. Sin meditación, la conversación carece de interés. Hablar exige siempre respeto por el interlocutor, que merece siempre que reflexionemos sobre lo que nos dice y sobre nuestra respuesta, si es que procede darla.
En todo caso, ni taciturnos, porque nunca intervenimos en las conversaciones, ni extremadamente locuaces, hasta el punto de que seamos nosotros los que volvemos taciturnos a nuestros interlocutores, en lugar de estar dispuestos siempre a no perder la oportunidad de aprender y de meditar sobre lo escuchado de tantas personas interesantes, con las que tenemos la oportunidad de coincidir cada día.
Así que tengo que disentir de lo expresado en la frase. Sin meditación, la conversación carece de interés. Hablar exige siempre respeto por el interlocutor, que merece siempre que reflexionemos sobre lo que nos dice y sobre nuestra respuesta, si es que procede darla.
En todo caso, ni taciturnos, porque nunca intervenimos en las conversaciones, ni extremadamente locuaces, hasta el punto de que seamos nosotros los que volvemos taciturnos a nuestros interlocutores, en lugar de estar dispuestos siempre a no perder la oportunidad de aprender y de meditar sobre lo escuchado de tantas personas interesantes, con las que tenemos la oportunidad de coincidir cada día.