jueves, 1 de marzo de 2018

Las caídas

         Efectivamente. Por mucho cuidado que tenga, y bastón que use, me está resultando inevitable alguna que otra caída. Jamás pensé que dejaría de sentirme avergonzado el caer en la calle,   a causa  de una  pérdida   de equilibrio. Ojalá no ocurriera nunca, pero la verdad es que llevo ya  unos cuantos pequeños incidentes de este  tipo, desde  que ando con problemas de salud.
Pero, insisto en mi reflexión anterior. Estoy consiguiendo no avergonzarme de estas caídas involuntarias. Estoy aprendiendo, por ejemplo, a dejarme caer cuando ya parece inevitable el desequilibrio, procurando agarrarme a algo (un farol, un banco, un árbol…) y a dejarme ayudar con agradecimiento, sin exagerar la escena.
Sobre esto último, lo de ser agradecido, se me ocurre alguna pequeña reflexión. Es verdad que el ambiente social y político anda bastante crispado en los últimos tiempos. Cada vez cuesta más coincidir plenamente en temas elementales con la gente que nos rodea. Pero creo que, ante el sufrimiento ajeno, seguimos reaccionando sin complejos, con prontitud y con empatía. Y ello nos honra como seres humanos. 
       Y a los que somos socorridos, nos da alegría y confianza saber que no nos van a preguntar por nuestra filiación política o religiosa antes de echarnos una mano. Solo faltaría. 

miércoles, 17 de enero de 2018

Mi madre me vigila

Constantemente sorprendo a mi madre mirándome. Sentada en su sillón, como la que no quiere la cosa, no pierde puntada de mis movimientos, siempre dispuesta a ayudarme, aun sabiendo bien, en su fuero interno, que esa ayuda puede ser más bien un estorbo. Pero, ¿cabe que una madre crea que ayudando a su hijo estorba? En absoluto. Ella siempre pensará que puede ayudarme. De hecho lo manifiesta constantemente: «¿Te traigo algo? Deja que yo lo cogeré. Espera, que voy a ayudarte a levantarte...». Todo ello sin renunciar a ninguno de su ochenta y nueve años, que en realidad le impiden realizar otro movimiento que no sea el de desplazarse al baño, acompañada y apoyada en un bastón, que sorprende cómo puede soportar su ya frágil cuerpecito. 
Pero esa es su manera de ayudar, y de hecho te sientes confortado con esas miradas vigilantes y esa palabras que, de algún modo, me dan seguridad, aunque sólo sea la de que estoy seguro que está rezando en ese momento por mí, que no es poco, digo yo.