Constantemente sorprendo a mi madre mirándome. Sentada en su sillón, como la que no quiere la cosa, no pierde puntada de mis movimientos, siempre dispuesta a ayudarme, aun sabiendo bien, en su fuero interno, que esa ayuda puede ser más bien un estorbo. Pero, ¿cabe que una madre crea que ayudando a su hijo estorba? En absoluto. Ella siempre pensará que puede ayudarme. De hecho lo manifiesta constantemente: «¿Te traigo algo? Deja que yo lo cogeré. Espera, que voy a ayudarte a levantarte...». Todo ello sin renunciar a ninguno de su ochenta y nueve años, que en realidad le impiden realizar otro movimiento que no sea el de desplazarse al baño, acompañada y apoyada en un bastón, que sorprende cómo puede soportar su ya frágil cuerpecito.
Pero esa es su manera de ayudar, y de hecho te sientes confortado con esas miradas vigilantes y esa palabras que, de algún modo, me dan seguridad, aunque sólo sea la de que estoy seguro que está rezando en ese momento por mí, que no es poco, digo yo.