Efectivamente. Por mucho cuidado que tenga, y bastón que use, me está resultando inevitable alguna que otra caída. Jamás pensé que dejaría de sentirme avergonzado el caer en la calle, a causa de una pérdida de equilibrio. Ojalá no ocurriera nunca, pero la verdad es que llevo ya unos cuantos pequeños incidentes de este tipo, desde que ando con problemas de salud.
Pero, insisto en mi reflexión anterior. Estoy consiguiendo no avergonzarme de estas caídas involuntarias. Estoy aprendiendo, por ejemplo, a dejarme caer cuando ya parece inevitable el desequilibrio, procurando agarrarme a algo (un farol, un banco, un árbol…) y a dejarme ayudar con agradecimiento, sin exagerar la escena.
Sobre esto último, lo de ser agradecido, se me ocurre alguna pequeña reflexión. Es verdad que el ambiente social y político anda bastante crispado en los últimos tiempos. Cada vez cuesta más coincidir plenamente en temas elementales con la gente que nos rodea. Pero creo que, ante el sufrimiento ajeno, seguimos reaccionando sin complejos, con prontitud y con empatía. Y ello nos honra como seres humanos.
Y a los que somos socorridos, nos da alegría y confianza saber que no nos van a preguntar por nuestra filiación política o religiosa antes de echarnos una mano. Solo faltaría.