lunes, 29 de junio de 2015

Con más miedo que vergüenza

    ¿Que por qué titulo así la entrada? Pues, porque, después de siete meses, me atrevo a escribir otra vez, eso sí, con la tranquilidad de que quizás no me lea nadie, o de que, si alguien se atreve, me trate con especial indulgencia, tal vez porque esté al tanto de los problemas de estos referidos últimos meses.

    Pero es que resulta muy grato hablar de lo que te dé la gana, sin que nadie te interrumpa, aprovechándote de  a dificultad que presenta la bidireccionalidad comunicativa en este caso. Sabes que te pueden escribir para contestarte, pero tienen que esperar a que tú termines. En fin, que me siento libre para tomar la iniciativa.

    El problema es de qué hablar, por dónde arrancar. No sé, la verdad. Tal vez baste con reaparecer para anunciar -anunciármelo a mí en primer lugar- que no quiero renunciar a mi humilde blog, que aquí estoy, que voy a intentar escribir con frecuencia,

    Así que, sin vergüenza, porque no hacemos mal a nadie, pero con algo de miedo por hacer, tal vez, perder el tiempo a quien se atreva a leerme, pido disculpas y anuncio mi retorno.

    Muchas gracias.

jueves, 27 de noviembre de 2014

Noviembre se termina

Me ha llegado este breve vídeo, que María, mi sobrina, al recibirlo por "whatsapp" ha calificado como "¡muy muy chulo!" y que yo, "viejo novato" sin embargo, he relacionado rápidamente con este soneto de Quevedo:

"¡Ah de la vida!"... ¿Nadie me responde?

¡Aquí de los antaños que he vivido!
La Fortuna mis tiempos ha mordido;
las Horas mi locura las esconde.

¡Que sin poder saber cómo ni a dónde
la salud y la edad se hayan huido!
Falta la vida, asiste lo vivido,
y no hay calamidad que no me ronde.

Ayer se fue; mañana no ha llegado;
hoy se está yendo sin parar un punto:
soy un fue, y un será, y un es cansado.

En el hoy y mañana y ayer, junto
pañales y mortaja, y he quedado
presentes sucesiones de difunto.


Lo de "sin embargo" lo escribo porque no sé si mi sobrina mantendría lo de "muy chulo" para el poema que yo identifico con el vídeo -ya me enteraré- o es sólo cosa de su viejo tío, influido por tantas lecturas, a solas o en sus añoradas clases, rodeado de chavalería.
Sea como sea, creo que termina un mes lleno de referencias al paso del tiempo, y Quevedo expresa ese transcurso de modo magistral en su poema. Si en él se manifiesta el tono pesimista de la mentalidad barroca desde la que se escribe; pero ello no nos debe hacer olvidar la realidad de nuestra corta existencia. Como muestra el vídeo, entre la infancia y la ancianidad sólo median unos trazos de lápiz, del negro al gris
Quizás sea más importante fijarse en lo que permanece,en los rasgos firmes de nuestra personalidad, que se reconocen siempre en la base del "dibujo" de nuestro yo, a pesar de los cambios constantes. Si nos gustan esas constantes, solo nos queda disfrutar de nuestra vida, llevarla serenamente hasta sus últimas consecuencias. Si algo nos desagrada, paremos el vídeo y corrijamos el trazo lo mejor que podamos, para no alejarnos demasiado de la inocencia del dibujo inicial.
Porque lo cierto y seguro es la cercanía entre "pañales y mortaja".  La vida es corta, hemos de aprovecharla, que es el único modo de disfrutarla, y hemos de aprender a modificarnos, sobre todo para nuestro propio disfrute, porque cada uno puede contemplar, si se acostumbra a reflexionar un poco, la verdadera película de su vida, que no siempre es -o tal vez no lo sea nunca- la que ven los demás.



miércoles, 5 de febrero de 2014

Volver a empezar

     Han pasado varios meses desde la última entrada. Circunstancias diversas lo han determinado. Ya sabía yo que comenzar un blog con la intención de alimentarlo con frecuencia no iba a ser tarea fácil, pero no imaginé lo pronto que pasa el tiempo, cuando uno deja de trabajar a diario en una iniciativa que depende exclusivamente de uno mismo.

     Pero no me rindo. De hecho esta entrada de hoy no quiere ser sino un puente que salve de algún modo la vergüenza que me da no haber sido constante en mi propósito inicial. Es un modo de pedirme -y otorgarme, a la vez- disculpas a mí mismo. Pero también es una llamada a la perseverancia de los que, aunque sea por casualidad, puedan leer estas humildes palabras. Sólo lo imperfecto es humano. Yo me propongo con este modesto trabajo mío, un contrato de "fijo discontinuo". Me comprometo, conmigo mismo y con quien tenga la amabilidad y la paciencia de leer estas modestas reflexiones, a seguir escribiendo.

     Porque hay abundancia de temas sobre los que reflexionar en "letra" alta, sobre los que proponer un punto de vista que contraste tal vez con la opinión del que te lee. Y resulta agradable este pequeño esfuerzo para hacerlo con un castellano medianamente aceptable. Escribir te ayuda a pensar y pensar te ayuda a escribir y, como no andamos sobrados de ninguna de la dos capacidades, me propongo seguir escribiendo para no dejar de pensar, y seguir pensando para no dejar de escribir. Que así sea.

jueves, 26 de septiembre de 2013

Nulla dies sine linea

   ¡Qué difícil es escribir todos los días! Uno tienes tantas cosas sobre las que reflexionar en voz alta y, sin embargo, a la hora de la verdad te domina el demonio de la responsabilidad. Porque no es lo mismo -piensas- decir las cosas, "hablarlas", que dejarlas por escrito; como si el hecho de dejarlas escritas, aunque sea de este modo virtual, significara en sí mismo algo más que eso: dejarlas escritas; como si estuviera uno hablando con especial solemnidad y tuviese, en su caso, que dar cuentas ante la prueba irrefutable de la publicación, frente a las palabras sólo dichas, que se las lleva el viento

   Es cierto que, en teoría, la expresión escrita es más reflexiva que la oral; que pensamos más lo que escribimos que lo que simplemente decimos; que usamos códigos distintos o, al menos, que adaptamos el código general de la lengua a nuestra intención de escribir o de hablar. Será por eso por lo que escribimos tan poco. Situarnos ante una hoja -o una pantalla- en blanco se nos antoja arduo, lento y poco provechoso: ¿Para que nos sirve a la mayoría de las personas, con todo lo que tenemos que hacer, ponernos a escribir? ¿No es más práctico, decir lo que tengamos que decir, incluso a distancia con la ayuda de los teléfonos móviles? ¿No resolvemos así antes los problemas que nos impulsan a comunicarnos...?

  Pero, tal vez, al haber perdido -el que lo tuviese, claro está- el hábito de escribir, tendemos a pensar menos, a improvisar nuestras consideraciones y opiniones. Puede ser que con ello ganemos en espontaneidad, pero también puede ser que perdamos oportunidades de elaborar mejor nuestros argumentos, ante la prisa de la intervención inmediata. Puede ocurrir que perdamos incluso la vergüenza que se siente cuando comprobamos que hemos dicho, sin más, una tontería.

   Y si no, hagamos la prueba. Elijamos uno cualquiera de los muchos temas sobre los que opinamos con toda libertad, franqueza y espontaneidad, e intentemos poner por escrito lo que diríamos si se nos ofreciera la posibilidad. Seguramente, escribíamos poco y borraríamos mucho. Tal vez no escribiríamos nada o casi nada, al preguntarnos el porqué de lo que queremos afirmar, o al caer honradamente en la cuenta de que no tenemos motivos serios para opinar de la manera en que íbamos a hacerlo.

   Así que una buena gimnasia mental -además de ortográfica, aunque eso es otro capítulo- puede ser escribir un poquito más y frecuentemente, incluso todos los días -nulla dies sine linea, ningún día sin escribir algo- como modo de pensar más y de hablar mejor, con más respeto, ante lo que merece, por lo menos, una pequeña reflexión antes de ser manifestado.
 

   

lunes, 19 de agosto de 2013

Mi tertulia semanal

      No domino tampoco la filosofía, más allá del conocimiento obtenido, primero en Bachillerato; después –muy escaso, por los cambios de planes que me tocó vivir- en la facultad y, desde entonces, en lecturas y clases de aficionado. Pero sí creo, en ese mi corto entender, que no se ha sido demasiado justo con Epicuro, filósofo griego, entre los siglos IV y III a. C, al que no se nos ha enseñado a catalogar e identificar con el hedonismo y el placer sensual en general. 

      Y no porque este filósofo no defendiera la bondad de los placeres, sino porque los organizó y jerarquizó de tal manera, que puso en lugar destacado, como “placer del alma natural e innecesario” el de la conversación amena con los amigos, muy por encima de los que denomina placeres naturales necesarios –comer y beber, por ejemplo- y a la altura de las artes. Es, según nuestro filósofo, uno de los placeres que hay que practicar hasta la satisfacción del corazón.

  ¡Qué bien me lo paso en mi tertulia semanal! Y cuánto aprendo de mis interlocutores, de mis amigos. Pasamos de los temas personales, a modo de repaso de la semana, al comentario de acontecimientos y noticias destacadas; referimos e intercambiamos nuestras respectivas lecturas y nos regalamos opiniones sobre ellas. Naturaleza, historia, literatura, valores humanos… Siempre con la sinceridad gratuita, innecesaria, del que no espera, a cambio, más que otra opinión. No hay lugar para los halagos fáciles, ni se prodigan las tercas oposiciones. Cuanto más hablamos, más profundizamos en nuestra amistad, más se satisface nuestro corazón. De tal modo que, nada más terminar nuestro encuentro, ya pensamos en el siguiente.

      Efectivamente, la amistad es un gran placer, y la conversación, su mejor manifestación. En esta época de contactos electrónicos, tal vez estemos tan preocupados por estar cerca de los ausentes, con nuestros móviles y ordenadores, que perdamos la hermosa oportunidad que nos brinda el contacto, innecesario, pero tan fructuoso, tan enriquecedor, de los que podemos tener cerca de nosotros “ con carne, hueso, nariz y pescuezo”, como aprendí a decir de pequeño.
  

domingo, 18 de agosto de 2013

Repite, que algo queda

Parece claro que,  a lo largo de la vida,  lo que  comenzó  siendo  una elección libre, original, creativa, puede terminar convertido en rutina o en necesidad, con lo que pierde el carácter de elección consciente, al menos con lo que suele llamarse voluntariedad actual. 

Por otro lado, tenemos que elegir, necesitamos elegir, no hacemos otra cosa que elegir; o al menos eso pensamos, incluso cuando nuestro acto concreto ya escapa de hecho a nuestra capacidad de elección. Pienso, por ejemplo, en mis años de fumador, cuando yo cogía un cigarrillo pensando que elegía fumar libremente, pero en realidad casi no podía dejar de hacerlo. Bien es verdad que un día dejé de fumar, y recuperé –por así decirlo- mi libertad de elección, que desde ese momento me ha llevado a elegir no fumar, sin ningún esfuerzo.

Tal vez tengamos, entonces, que concluir que esa capacidad de elegir tiene que ejercitarse constantemente, de verdad, es decir, que nos interesa poner a prueba habitual nuestra capacidad de decir que sí o que no, y especialmente la de decir que no, que parece más madura que la de conceder sistemáticamente a nuestro deseo lo que en principio se le presenta como satisfactorio. Y esto en todos los terrenos.

Porque, viéndolo con perspectiva positiva, el autodominio proporciona una grandísima satisfacción. Es realmente agradable ser capaz de llevar una decisión, tal vez exigente en sí misma, pero con unos objetivos que resulten interesantes, hasta sus últimas consecuencias. 

De ese modo, y volviendo al principio, al elegir libremente un acto y otro, y repitiéndolos una vez y otra, en orden a la consecución de aquello que consideramos importante, llega un momento en que nos parece que escogemos aquello que queremos, casi sin esfuerzo, casi si elegirlo, casi rutinariamente y, sin embargo, para el que nos observa con imparcialidad, podemos llegar a convertirnos en personas de carácter, y esos hábitos, fruto de nuestra repetición, creativa y esforzada en su origen, podrían ser ahora llamados simplemente virtudes.  

miércoles, 10 de julio de 2013

El muñeco tropezón

     
     No sé prácticamente nada de lo que, a partir del famoso libro de Coleman con ese título, se ha dado en llamar inteligencia emocional. Por lo poco que sé del asunto, consiste en el control de las manifestaciones externas de las emociones. Es inteligente, desde el punto de vista emocional, la persona capaz de exteriorizar sin cortapisas, pero de un modo equilibrado y maduro, sus manifestaciones de afecto, comenzando por las dirigidas a los que tiene más cerca. 

    No debe ser mi fuerte ese control, porque mi anciana madre a veces se enfada un poco, cuando me pongo pesado con mis muestras externas de cariño. Con las personas mayores se corre el peligro de humillarlas un poquito si se les trata como si fuesen niños pequeños, aunque estoy convencido de que se trata de un riesgo que hay que correr, porque es necesario que se sientan queridos de un modo también sensorial, especialmente de los más cercanos.

    Pues, en uno de esos enfados, mi madre se quejó de un modo que me resultó original. "Me tratáis como un muñeco tropezón". En un primer momento, la expresión me sonó a conocida, pero de todos modos, le pregunté a qué se refería exactamente. "Pues, eso, un muñeco al que todo el que pasa le da un golpecito o le hace una tontería", vino a decirme, más o menos, con sencillez.
 
    Lo busqué en diccionarios de todo tipo y en páginas de internet y no encontré el sintagma muñeco tropezón por ningún lado, así que me sirvió al menos, que no es poco, para estimar aún más la originalidad de la para mí más entrañable de las ancianas. De todos modos, un buen y sabio amigo me recordó que lo que mi madre parecía querer expresar se recoge en el contenido de la palabra tentetieso, que, según el diccionario académico es un "muñeco de materia ligera, o hueco, que lleva un contrapeso en la base, y que, movido en cualquier dirección, vuelve siempre a quedar derecho".

    En un primer momento admití sin más la coincidencia entre el original muñeco tropezón y el académico tentetieso, pero después, aplicados ambos términos en sentido figurado al modo de reaccionar ante las incomodidades de la convivencia, no tuve más remedio que matizar la sinonimia. Sin duda todos somos tropezones, porque todos recibimos - igual que proporcionamos- golpes en el trato con los demás. Pero no todos reaccionamos como el tentetieso, porque éste "vuelve siempre a quedar derecho", como si no hubiera pasado nada.

    No es fácil olvidar, perdonar, quitar importancia... Pero ¡qué felices viven los que han aprendido a desprenderse de la pesada e inútil carga del rencor!