Hoy he vuelto a pasar por la
puerta de un conocido instituto de enseñanza secundaria sevillano –en el que,
por cierto, trabajé durante un curso en los primeros años de profesor- y he
comprobado con agrado que los directivos han tenido la sensatez de cubrir
cuanto antes las pintadas de la última jornada de huelga contra la reforma
educativa. Porque la disyuntiva que da título a esta nota de hoy (“escuela pública
o pijos muertos”) era precisamente la pintada que más me llamó la atención días
atrás. Y sentí una gran desazón como ciudadano y como profesional de la
enseñanza.
Tal vez no se trate más que de
una expresión hiperbólica, de las habituales en un día de movilización juvenil
acalorada, y que no se corresponda en absoluto con la más mínima intención de desear
la muerte al que no estudie en un centro educativo público.
Pero escrito en la puerta de un centro
de enseñanza, en el que los muchachos han de aprender, entre otras cosas, a
utilizar la razón para defender sus opiniones en una sociedad democrática, es
la manifestación práctica del más absoluto de los fracasos.
Nunca, ni de broma, han de aprender
nuestros jóvenes a combatir las ideas opuestas a las suyas por medio de la
eliminación del contrario. Sin tolerancia es imposible la convivencia. Si el
autor del grafiti (o “grafito”, como propone la real academia) es partidario de
la exclusividad de la escuela de iniciativa pública, que aprenda a defenderlo
democráticamente, que se reúna con chicos que lo vean de otro modo y, ¿por qué
no?, en torno a un velador con unos refrescos, escuche, hable y disfrute. Nada
más humano que la comunicación civilizada.
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Nota: Ayer, también en Sevilla, un
señor agredió gravemente a un médico de un centro de salud, porque le daba algún
tipo de explicaciones que no le convencieron. El médico tuvo que ser trasladado
a un hospital. Espero que el ciudadano no se dedicara cuando joven a escribir
pintadas como la que comentamos.