Por otro lado, tenemos que elegir, necesitamos elegir, no hacemos otra cosa que elegir; o al menos eso pensamos, incluso cuando nuestro acto concreto ya escapa de hecho a nuestra capacidad de elección. Pienso, por ejemplo, en mis años de fumador, cuando yo cogía un cigarrillo pensando que elegía fumar libremente, pero en realidad casi no podía dejar de hacerlo. Bien es verdad que un día dejé de fumar, y recuperé –por así decirlo- mi libertad de elección, que desde ese momento me ha llevado a elegir no fumar, sin ningún esfuerzo.
Tal vez tengamos, entonces, que concluir que esa capacidad de elegir tiene que ejercitarse constantemente, de verdad, es decir, que nos interesa poner a prueba habitual nuestra capacidad de decir que sí o que no, y especialmente la de decir que no, que parece más madura que la de conceder sistemáticamente a nuestro deseo lo que en principio se le presenta como satisfactorio. Y esto en todos los terrenos.
Porque, viéndolo con perspectiva positiva, el autodominio proporciona una grandísima satisfacción. Es realmente agradable ser capaz de llevar una decisión, tal vez exigente en sí misma, pero con unos objetivos que resulten interesantes, hasta sus últimas consecuencias.
De ese modo, y volviendo al principio, al elegir libremente un acto y otro, y repitiéndolos una vez y otra, en orden a la consecución de aquello que consideramos importante, llega un momento en que nos parece que escogemos aquello que queremos, casi sin esfuerzo, casi si elegirlo, casi rutinariamente y, sin embargo, para el que nos observa con imparcialidad, podemos llegar a convertirnos en personas de carácter, y esos hábitos, fruto de nuestra repetición, creativa y esforzada en su origen, podrían ser ahora llamados simplemente virtudes.
Algunas elecciones que conllevan un "no" son las más difíciles porque en el momento le ves demasiados "pros", pero a la larga te hacen madurar y sacarle provecho.
ResponderEliminarBonito tema :)