lunes, 6 de febrero de 2017

Días serenos

No nos damos cuenta de los privilegios de que gozamos, hasta que vemos en lontananza la posibilidad de perderlos. La vida nos parece algo de nuestra propiedad, algo que no nos pueden arrebatar sin privarnos de un derecho: es nuestra, y no hay más que hablar, ¿vale? Entonces aparece la enfermedad y se nos antoja que, como agente externo inoportuno, no tiene por qué turbar nuestra rutina existencial. ¿De dónde viene? ¿Es algo o alguien?

Sea como fuere, no tiene ninguna gracia que, de pronto, nos encontremos con algo o alguien que se empeña en que nos resulte complicado lo que nos parece tan simple como es el hecho de vivir, de existir.

Cuando no pasa nada, o eso creemos; cuando tenemos salud, o eso creemos; cuando la vida simplemente fluye, como el río del filósofo, no imaginamos nada que pueda turbar esa, tal vez, serena mediocridad. Nos basta con vivir y... a mucha honra, que diría el castizo.

Pero esa aparente vulgaridad de la normalidad es un regalo. Me lo explicaba un niño, hijo de un amigo, al que en el colé le habían hecho reflexionar sobre la palabra "presente": lo que estamos viviendo en cada momento, nuestro presente, es el mejor regalo, el mejor "presente" que se nos hace.

Agradezcámoslo.

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