viernes, 14 de junio de 2013

Periodismo y tabletas

    Mi amigo es tan buen periodista que, como se dedicaba a las noticias de tribunales, decidió que tenía que estudiar Derecho, para poder hablar -y escribir- con propiedad sobre esos temas. Como es un profesional responsable, mi amigo ha defendido recientemente su tesis doctoral y ahora con frecuencia es invitado por los profesionales de la justicia para que él los ponga al día sobre las relaciones, no siempre fraternales, entre justicia y derecho a la información. Mi amigo contradice evidentemente la divertida distinción de Chesterton entre filósofos y periodistas, según la cual los primeros lo saben todo sobre algo, mientras que los periodistas  suelen saber algo sobre todo.

    A veces, mi amigo es invitado como experto en tertulias televisivas en las que todos son periodistas. Pero, como no hay peor cuña que la de la misma madera, lo que entre los profesionales de la justicia era silencioso respeto para escuchar a un especialista, se convierte en algarabía entre sus colegas. En vez de atender y disfrutar de la oportunidad de saber -algo más que poco- sobre el tema del día, antes de que el invitado termine su exposición, comienzan a opinar acaloradamente, dejando al colaborador ocasional con la palabra en la boca y con la perplejidad de quien tal vez esté perdiendo el tiempo entre gente que ya parece saber tanto sobre el tema de su especialidad.

    Eso sí, los tertulianos cuentan con la inestimable ayuda de portátiles y tabletas que, con su rápida conexión a la internet se convierten en el nuevo argumentario de autoridad, sustituto de urgencia de las aulas y seminarios especializados, de las bibliotecas y de los centros de documentación.

    Hace algunos años, el hoy director de un importante medio comunicativo pedía que la sociedad entendiese que el trabajo de los periodistas consiste en ser honradamente parciales y es verdad que junto a la noticia esperamos la opinión, según la división clásica de los mensajes periodísticos. Pero necesitamos noticias veraces y opiniones fundamentadas, igual que el profesor ha de conjugar la inviolable libertad de cátedra con la profundidad en sus exposiciones, fruto de su lectura y de su estudio.

    No tiene por qué ser un imposible que al escuchar los argumentos de los demás, podamos completar e incluso modificar los nuestros. Como hoy va la cosa de citas más o menos anónimas, recuerdo que un político de la transición (últimos años de la década de los 70 del siglo pasado, para los lectores más jóvenes), ya fallecido  definía la democracia -hoy es imposible no esbozar una sonrisa triste al recordarlo- como "la duda permanente de que probablemente sea el otro el que lleve razón".

    En cualquier caso, yo disfruto con mi amigo, porque aprendo de quien sabe de lo suyo, también cuando opina, porque estaré o no de acuerdo, pero reconozco que sus puntos de vista son los de un especialista

martes, 11 de junio de 2013

Nosotros sí sabemos quién es

            Me cuentan que un buen amigo tiene principios de Alzheimer. Cuando fueron a verlo hace unos días, todo parecía ir bien en la conversación, hasta que, tras expresar algunas ideas inconexas, mi amigo se echó a llorar. Sufre al darse cuenta de que a veces lo que dice  no tiene demasiado sentido. Durante muchos años, además de sacar adelante una familia numerosa, junto a su mujer, ha sabido resolver en su trabajo muchas tareas importantes, precisamente con ese cerebro suyo que ahora le juega estas malas pasadas. Es un anciano sencillo y agradable y ojalá pudiera entender que, para sus familiares y amigos, lo de menos es la coherencia de lo que diga, siempre que nos permita atenderlo y hacerle compañía. 

Es un misterio esta enfermedad, como lo han sido a lo largo de la historia otras muchas, hasta que la perseverancia de los investigadores da con una solución, como estoy seguro de que ocurrirá con ésta. Pero aparecerán otras nuevas, en una cadena que tal vez no termine mientras no se acabe la vida sobre la tierra. Por tanto, es muy probable que siga habiendo siempre amigos enfermos a los que visitar, escuchar y consolar cuando lloren.

Recuerdo el caso de otro señor, ya con la misma dolencia en grado profundo, cuya familia decidió que estaría mejor atendido en una residencia. Como no encontraron un establecimiento adecuado en su ciudad, lo ingresaron en un centro de otra población, algo alejada de la suya y por tanto también alejada de sus amigos de siempre. Pero éstos, ya mayores como él, como no podrían visitarlo con frecuencia, animaron a otros amigos comunes de la nueva ciudad a que pasaran de vez en cuando un rato junto a él. Y así lo hacían.

Uno de los días, una persona que trabajaba en el centro, sorprendida por el tiempo que dedicaban unos “extraños” al residente, con el esfuerzo que para algunos de ellos -ya mayores también- suponía, les aconsejó espaciar más las visitas, porque “él no los reconoce -vino a decirles-, no sabe quiénes son ustedes".

De un modo sencillo, y sin animo de reconvenir a esa persona, uno de los señores comentó “Tal vez lleve usted razón, y él no nos reconozca, pero nosotros sí sabemos quién es; por eso venimos con toda la frecuencia que podemos. No queremos que se sienta solo”.

Compasión, simpatía o empatía -término este último de moda, tal vez porque iguala más a emisor y receptor de la pasión que las tres palabras suponen- expresarán siempre actitudes necesarias, por mucho que avance todo, para que nuestra sociedad mantenga simplemente su calificativo esencial, el de humana.

lunes, 10 de junio de 2013

La hucha de las penas


   A veces, los domingos veo la televisión mientras desayuno. Me gusta ver los reportajes que reproducen a esas horas tempraneras en la 2 sobre actividades humanitarias y religiosas de distintas personas y grupos humanos. 

   Ayer aparecía una monjita de clausura, que parecía mayor –no se le veía del todo la cara, pues hablaba tras una celosía, y además miraba hacia abajo- y que hablaba con esa dulzura propia de estas personas, que a unos encanta y a otros “espanta” (no sé si se trata de prejuicios en ambos casos. Puede ser). No recuerdo muy bien todo lo que dijo, pero me quedé con algo que realmente me hizo pensar. “Este convento –decía- es una hucha de penas, en la que todo el que viene deposita alguna”.

   Más de una vez, un  buen amigo, con el que disiento habitualmente con afecto sobre estos temas, me ha comentado que, en todo caso, entiende a las monjas “activas”, las que están “al pie del cañón“, con marginados, dependientes, excluidos, etc., pero que a estas señoras de las clausuras “las pondría a todas a trabajar”. 

   Me acuerdo de Momo, el famoso personaje de Michael Ende, esa niña, harapienta y alegre, que habla poco y no demasiado bien, pero que –sobre todo- sabe escuchar como nadie, y que es capaz de terminar, casi sólo escuchando, con la amenaza de los “hombres grises”, esos misteriosos señores que quieren arrebatar el tiempo de los demás, para convertirlo en eficacia productiva

    Y vuelvo a la monjita de marras y a su hucha de penas conventual. Todos los que dedican su tiempo a los demás merecen mi respeto, pero escuchar las penas –o las alegrías que, cuando nadie las quiere escuchar, se convierten a menudo en penas especiales- es tal vez uno de los servicios más agradecidos… sobre todo si el que escucha, deja hablar y habla poco.

martes, 4 de junio de 2013

Buena gente

   Esta mañana me he ido, sin prisas, a buscar información sobre los corrales de vecinos de Sevilla. Resulta que mi madre, la más entrañable de las ancianas que conozco, tiene ciertas dificultades para recordar lo inmediato, pero disfruta relatándome recuerdos de su infancia y juventud. Ya sé que el suyo no es un comportamiento original -le pasa a todos los viejos-, pero por aquello de que "Madre no hay más que una...", estoy haciendo lo posible por ofrecerle datos de sus primeros años, para que reconstruya con más facilidad esos recuerdos que tanto nos hacen disfrutar a los dos. 

   Y como no encontramos fotos del corral de vecinos donde pasó niñez y mocedad, y del que, como dice con orgullo, salió "para casarme con tu padre", me he puesto a investigar un poquito y aquí viene lo del título: ¡qué personas más agradables me he encontrado en los lugares que he visitado por ahora! Primero, un joven estudiante que administra una página electrónica sobre Sevilla, que al instante de escribirle con mi solicitud, me contestó atentísimo y me proporcionó el título de un libro sobre el asunto. En la biblioteca municipal más cercana a mi casa, un joven -de pantalón corto, camiseta desenfadada y gran pendiente-  me ha buscado con gran interés y seriedad el título y me ha informado de que lo encontraría en otra biblioteca no muy alejada. En ésta, una agradable y educada joven me ha ofrecido otro título sobre el tema y se ha comprometido a avisarme por correo electrónico cuando devuelvan el libro que busco, que está prestado. Finalmente, en un colegio profesional, en el que supuse que dispondrían de centro de documentación sobre la historia de la arquitectura popular sevillana, otro joven, que tal vez me ha visto despistado, pero ilusionado con lo que busco, me ha anotado pacientemente los datos del lugar al que acudir, con inclusión del teléfono y del nombre de la persona a la que llamar, "para que no des el viaje en balde"-me ha dicho.

    Sé que, igual que de los despistes de memoria de mi madre, también de estas actitudes de los que trabajan cara al público se podría decir que son normales, que son mayoría los que manifiestan respeto, educación y cordialidad hacia los ciudadanos a los que sirven con su tarea, pero quiero dejarlo escrito, con agradecimiento. ¿Que no?, ¿que no son normales estos comportamientos?, ¿que lo habitual son las caras largas, las prisas y la desgana con los que se acercan a los lugares públicos? Pues qué se le va a hacer, me han tocado los cuatro jóvenes agradables que había hoy en Sevilla. Suerte que tiene uno. En cualquier caso, gracias de nuevo, y ánimo a todos los servidores públicos, porque se pasa mucho mejor si vemos felices a los servidos.




lunes, 3 de junio de 2013

La educación y los nuevos ciudadanos

   Estoy pasando unos días estupendos, dedicado a la revisión de los libros y abundantes papeles que tengo en casa. No era lo previsto para esta época del año, en la que habitualmente están mis colegas, los docentes, como yo tantos años, apurando los últimas días de vacaciones, a punto de comenzar las clases,  con la ligera sobrecarga de trabajo que supone. Pero, después de tres décadas y media de septiembres "desbordados", ahora, por aquello de que "el hombre propone... y Dios dispone", me dedico a revisar mis libros, y me llevo todo tipo de sorpresas: libros "prestados", que habrá que devolver; libros que habrá que regalar, porque están repetidos, porque fueron regalos sin  interés, o que se compraron sólo por su novedad o interés pasajero; también libros de los que no me desprendo, por ahora y, finalmente, libros con los que no sé qué hacer.

   Esta mañana, mientras esperaba pacientemente que me llegara el turno en la oficina de correos -no sé qué pasa últimamente, que se forman unas colas...- una anciana manifestó en voz bajita, pero para que yo la oyera, sentado a su lado como estaba, su malestar por el modo en que un joven usuario reaccionaba ante un pequeño inconveniente. "A tomar por..." parece que dedicaba el ya no tan muchacho al empleado -o al supuesto remitente de un envío fallido, o... a la vida en general, que no quedó muy claro-. Y la pobre señora, eso sí muy discretamente, dada la previsible reacción del representante de la hornada juvenil "mejor preparada de nuestra historia" (según los políticos), se me lamentaba con un "¡Vaya cómo está la juventud!", que sonaba a frustrada resignación de quien esperaba que los estudios que ella no pudo realizar, servirían a los nuevos ciudadanos a mejorar en instrucción, sin perder la educación (y perdón por el ripio).

   Con motivo de la reforma educativa que se aproxima, se ha reavivado la discusión sobre una de las asignaturas "marías" que no queda claro si va a desaparecer o va a ser reforzada, la denominada Educación para la ciudadanía. Dejando a un lado el nombrecito con el que, al menos, se evita eso tan feo de "... para los ciudadanos y las ciudadanas", no recuerdo haber leído en los manuales de ninguna editorial referencias a la ciudadanía ("Comportamiento propio de un buen ciudadano", según el diccionario académico) de la vida ordinaria, a lo que se llamaba buena educación, o urbanismo, o buenos modales o, simplemente, vergüenza.

   Y aquí vuelvo al principio, porque en ese repaso que hago de los libros que se esconden en mi casa, he encontrado uno curiosísimo, Ama, resumen de economía doméstica, publicado en 1961, que incluye un capítulo denominado "Vida de relación" (¡Cómo cambian de significado las expresiones!), con muchas e interesantes "antiguallas de moralina rancia", como díría alguno de mis queridos colegas, más avanzados que yo. Selecciono sólo un parrafito del citado capítulo:
     
        "Y el respeto al prójimo obliga igualmente a que, en todo momento, nuestra actitud sea correcta, res­petuosa para con     todos, amable, sencilla, deferente, sin afectación ni orgullo; debemos observar siempre las normas de urbanidad : ceder la acera a quien co­rresponda, y de manera especial a los mayores, saludar a los conocidos sin distinción de clases y jerarquías; no vociferar, no arrojar papeles ni monda­duras en la calle, etc.".

 ¿Qué hago con este libro?, ¿lo tiro?, ¿lo regalo?, ¿lo recomiendo para que alguna marca de bebidas lo patrocine y regale en la puerta de las discotecas?... Es broma.

Paco Martín