lunes, 10 de junio de 2013

La hucha de las penas


   A veces, los domingos veo la televisión mientras desayuno. Me gusta ver los reportajes que reproducen a esas horas tempraneras en la 2 sobre actividades humanitarias y religiosas de distintas personas y grupos humanos. 

   Ayer aparecía una monjita de clausura, que parecía mayor –no se le veía del todo la cara, pues hablaba tras una celosía, y además miraba hacia abajo- y que hablaba con esa dulzura propia de estas personas, que a unos encanta y a otros “espanta” (no sé si se trata de prejuicios en ambos casos. Puede ser). No recuerdo muy bien todo lo que dijo, pero me quedé con algo que realmente me hizo pensar. “Este convento –decía- es una hucha de penas, en la que todo el que viene deposita alguna”.

   Más de una vez, un  buen amigo, con el que disiento habitualmente con afecto sobre estos temas, me ha comentado que, en todo caso, entiende a las monjas “activas”, las que están “al pie del cañón“, con marginados, dependientes, excluidos, etc., pero que a estas señoras de las clausuras “las pondría a todas a trabajar”. 

   Me acuerdo de Momo, el famoso personaje de Michael Ende, esa niña, harapienta y alegre, que habla poco y no demasiado bien, pero que –sobre todo- sabe escuchar como nadie, y que es capaz de terminar, casi sólo escuchando, con la amenaza de los “hombres grises”, esos misteriosos señores que quieren arrebatar el tiempo de los demás, para convertirlo en eficacia productiva

    Y vuelvo a la monjita de marras y a su hucha de penas conventual. Todos los que dedican su tiempo a los demás merecen mi respeto, pero escuchar las penas –o las alegrías que, cuando nadie las quiere escuchar, se convierten a menudo en penas especiales- es tal vez uno de los servicios más agradecidos… sobre todo si el que escucha, deja hablar y habla poco.

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