A veces, los domingos veo la televisión
mientras desayuno. Me gusta ver los reportajes que reproducen a esas horas
tempraneras en la 2 sobre actividades humanitarias y religiosas de distintas personas
y grupos humanos.
Ayer aparecía una monjita de clausura,
que parecía mayor –no se le veía del todo la cara, pues hablaba tras una
celosía, y además miraba hacia abajo- y que hablaba con esa dulzura propia de estas
personas, que a unos encanta y a otros “espanta” (no sé si se trata de prejuicios
en ambos casos. Puede ser). No
recuerdo muy bien todo lo que dijo, pero me quedé con algo que realmente me hizo
pensar. “Este convento –decía- es una hucha
de penas, en la que todo el que viene deposita alguna”.
Más de una
vez, un buen amigo, con el que disiento
habitualmente con afecto sobre estos temas, me ha comentado que, en todo caso,
entiende a las monjas “activas”, las que están “al pie del cañón“, con
marginados, dependientes, excluidos, etc., pero que a estas señoras de las
clausuras “las pondría a todas a trabajar”.
Me acuerdo
de Momo, el famoso personaje de Michael Ende, esa niña, harapienta y alegre, que habla
poco y no demasiado bien, pero que –sobre todo- sabe escuchar como nadie, y que
es capaz de terminar, casi sólo escuchando, con la amenaza de los “hombres
grises”, esos misteriosos señores que quieren arrebatar el tiempo de los demás,
para convertirlo en eficacia productiva.
Y vuelvo a
la monjita de marras y a su hucha de
penas conventual. Todos los que dedican su tiempo a los demás merecen mi respeto,
pero escuchar las penas –o las alegrías que, cuando nadie las quiere escuchar, se convierten a menudo en penas especiales- es tal vez uno de los servicios más agradecidos… sobre todo
si el que escucha, deja hablar y habla poco.
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