domingo, 3 de septiembre de 2017

El bastón

Pues, sí, me llegó el momento. Me aconsejan caminar con un bastón. Por ahora, con cierto desdén, hablo de "bastoncillo"; de que es algo provisional, para caminar con mayor seguridad, Porque, en el fondo,  me humilla claramente usarlo "tan pronto"
En fin, el hecho es que tendré que aprender a ver la vida desde esta nueva perspectiva

Porque caminar con bastón te obliga a hacerlo más despacio, puedes casi decidir cada paso que vas a dar -lo cual puede volverse contra ti, y  terminar cansándote antes de tiempo-, has de caminar, por así decirlo, con cierta solemnidad, valorando y agradeciendo cada movimiento que puedes efectuar

Si llevas un bastón, dejas de ser considerado del todo normal: te ceden el asiento en el autobús,, o el paso por la acera, cuando te ven venir; se disculpan contigo frecuentemente, sin que haya motivo, sólo porque se supone que necesitas más espacio para moverte.
Todo esto, curiosamente,  te integra de un modo especial en el mundo que te rodea, te ayuda a ser agradecido, a empatizar con la buena gente con la que habitualmente coincides.

No sé si será por un tiempo, o ya para siempre, pero insisto en que tengo que aprovechar este nuevo observatorio, mientras dure.

lunes, 21 de agosto de 2017

Agosto sevillano

Aunque resulte tópico, me gusta pasar el mes de agosto en Sevilla, tengo que reconocerlo, como a tantos otros, no sé si muchos o pocos, porque precisamente mi afición es a la ciudad con menos gente, al menos en mi zona, que no es céntrica, sino algo alejada del desfile turístico -que no seré yo el que lo critique, con la que está cayendo-, una zona de barrio clásica, sin más datos. El bueno de D. Antonio Machado, escribió aquello de "Sevilla sin sevillanos", con un sentido crítico, pero enamorado, que yo suscribo sin reservas. Sevilla es abarcable, comedida, posible, llevadera, salvo cuando aparece la bulla. Por eso prefiero la Sevilla de mi barrio. El que quiera que venga, pero yo no haré propaganda

sábado, 15 de abril de 2017

Meditación o conversación


Últimamente utilizo mucho el autobús, es mas barato y seguro que coger el coche, sobre todos para los pequeños desplazamientos que realizo habitualmente. Nada más que pensar dónde aparcar en el centro de la ciudad ya me hace desistir. Pues,en la mayor parte de los autobuses urbanos que frecuento, han incorporado unas pantallas en la que, además de señalar las sucesivas paradas de la línea, se facilita todo tipo de información y de entretenimientos para los usuarios del servicio. Una de las opciones de entretenimiento es la reproducción de frases de personas célebres. Habitualmente no les presto mucha atención, pero el otro día me llamó la atención una de esas frases, de no recuerdo quién, que decía "La conversación nos enseña más que la meditación". La apunté en el móvil -donde últimamente anoto todo- y me sirve ahora para realizar mi entrada.

Es verdad que necesitamos del diálogo, que gracias a nuestras conversaciones podemos aprender tantas cosas. Podríamos considerar que nuestros maestros nos han trasmitido sus conocimientos en la conversación que se supone debe existir en una clase, en la que se suceden, con frecuencia, conversaciones, con preguntas y respuestas. Y disfrutamos conversando con amigos que tienen temas de los que hablar, porque aprendemos sin duda de ellos.

Pero habría que ver si conversación y meditación son absolutamente independientes, si se puede dar de verdad la una sin la otra. Me viene a la cabeza, creo que es de Gracián, la famosa frase -que también podría aparecer, por cierto, en los monitores de los autobuses: "No siempre se ha de decir lo que se piensa, pero siempre se ha de pensar lo que se dice". ¿Se puede hablar de cosas sin sentido? ¿Se puede conversar sin pensar en lo que se ha oído, se ha dicho antes o se quiere decir? Después de una conversación interesante, ¿no apetece, a veces, meditar sobre lo hablado, dicho o escuchado, para asimilarlo?

Así que tengo que disentir de lo expresado en la frase. Sin meditación, la conversación carece de interés. Hablar exige siempre respeto por el interlocutor, que merece siempre que reflexionemos sobre lo que nos dice y sobre nuestra respuesta, si es que procede darla.

En todo caso, ni taciturnos, porque nunca intervenimos en las conversaciones, ni extremadamente locuaces, hasta el punto de que seamos nosotros los que volvemos taciturnos a nuestros interlocutores, en lugar de estar dispuestos siempre a no perder la oportunidad de aprender y de meditar sobre lo escuchado de tantas personas interesantes, con las que tenemos la oportunidad de coincidir cada día. 

lunes, 6 de febrero de 2017

Días serenos

No nos damos cuenta de los privilegios de que gozamos, hasta que vemos en lontananza la posibilidad de perderlos. La vida nos parece algo de nuestra propiedad, algo que no nos pueden arrebatar sin privarnos de un derecho: es nuestra, y no hay más que hablar, ¿vale? Entonces aparece la enfermedad y se nos antoja que, como agente externo inoportuno, no tiene por qué turbar nuestra rutina existencial. ¿De dónde viene? ¿Es algo o alguien?

Sea como fuere, no tiene ninguna gracia que, de pronto, nos encontremos con algo o alguien que se empeña en que nos resulte complicado lo que nos parece tan simple como es el hecho de vivir, de existir.

Cuando no pasa nada, o eso creemos; cuando tenemos salud, o eso creemos; cuando la vida simplemente fluye, como el río del filósofo, no imaginamos nada que pueda turbar esa, tal vez, serena mediocridad. Nos basta con vivir y... a mucha honra, que diría el castizo.

Pero esa aparente vulgaridad de la normalidad es un regalo. Me lo explicaba un niño, hijo de un amigo, al que en el colé le habían hecho reflexionar sobre la palabra "presente": lo que estamos viviendo en cada momento, nuestro presente, es el mejor regalo, el mejor "presente" que se nos hace.

Agradezcámoslo.

Paseos "reflexivos"

Ya tenía ganas de escribir algo. Esta mañana, como todas las que puedo, que son las más, he dado un pequeño paseo "reflexivo", sin alejarme mucho de casa, para poder trabajar después un rato, que si no se pierde la mañana irremisiblemente.

Pasear "por donde siempre" tiene ventajas e inconvenientes. Si no quiero prestar atención, no me pierdo gran cosa, pues veré lo de todos los días; pero si decido mirarlo todo como quien va de nuevo, no dejan de sorprenderme esas personas y cosas de siempre, si no idénticas, muy parecidas: las madres del colegio, que tal vez no sean las mismas de ayer, pero allí están, como todos los días; el pordiosero de la puerta del super, que es más fácil que sea el mismo, pero esta vez soy yo el que, como no me fijé ayer, no lo reconozco; el señor de la parada del autobús, que está ahi como ayer estaba él mismo u otro: qué más da...

Pero he dicho que no deja de sorprenderme lo que veo, para a la vez señalar que mi mirada es indiferente, que voy a lo mío, que lo que me rodea -personas y cosas- no es más que el marco de mis reflexiones y divagaciones, y que, cuanto más predecible es ese marco, menos interesante resulta  y a la vez más útil para no distraerme de lo mío, que es la verdadera novedad de cada uno de mis paseo.

Habrá que hacérselo ver.