jueves, 26 de septiembre de 2013

Nulla dies sine linea

   ¡Qué difícil es escribir todos los días! Uno tienes tantas cosas sobre las que reflexionar en voz alta y, sin embargo, a la hora de la verdad te domina el demonio de la responsabilidad. Porque no es lo mismo -piensas- decir las cosas, "hablarlas", que dejarlas por escrito; como si el hecho de dejarlas escritas, aunque sea de este modo virtual, significara en sí mismo algo más que eso: dejarlas escritas; como si estuviera uno hablando con especial solemnidad y tuviese, en su caso, que dar cuentas ante la prueba irrefutable de la publicación, frente a las palabras sólo dichas, que se las lleva el viento

   Es cierto que, en teoría, la expresión escrita es más reflexiva que la oral; que pensamos más lo que escribimos que lo que simplemente decimos; que usamos códigos distintos o, al menos, que adaptamos el código general de la lengua a nuestra intención de escribir o de hablar. Será por eso por lo que escribimos tan poco. Situarnos ante una hoja -o una pantalla- en blanco se nos antoja arduo, lento y poco provechoso: ¿Para que nos sirve a la mayoría de las personas, con todo lo que tenemos que hacer, ponernos a escribir? ¿No es más práctico, decir lo que tengamos que decir, incluso a distancia con la ayuda de los teléfonos móviles? ¿No resolvemos así antes los problemas que nos impulsan a comunicarnos...?

  Pero, tal vez, al haber perdido -el que lo tuviese, claro está- el hábito de escribir, tendemos a pensar menos, a improvisar nuestras consideraciones y opiniones. Puede ser que con ello ganemos en espontaneidad, pero también puede ser que perdamos oportunidades de elaborar mejor nuestros argumentos, ante la prisa de la intervención inmediata. Puede ocurrir que perdamos incluso la vergüenza que se siente cuando comprobamos que hemos dicho, sin más, una tontería.

   Y si no, hagamos la prueba. Elijamos uno cualquiera de los muchos temas sobre los que opinamos con toda libertad, franqueza y espontaneidad, e intentemos poner por escrito lo que diríamos si se nos ofreciera la posibilidad. Seguramente, escribíamos poco y borraríamos mucho. Tal vez no escribiríamos nada o casi nada, al preguntarnos el porqué de lo que queremos afirmar, o al caer honradamente en la cuenta de que no tenemos motivos serios para opinar de la manera en que íbamos a hacerlo.

   Así que una buena gimnasia mental -además de ortográfica, aunque eso es otro capítulo- puede ser escribir un poquito más y frecuentemente, incluso todos los días -nulla dies sine linea, ningún día sin escribir algo- como modo de pensar más y de hablar mejor, con más respeto, ante lo que merece, por lo menos, una pequeña reflexión antes de ser manifestado.
 

   

lunes, 19 de agosto de 2013

Mi tertulia semanal

      No domino tampoco la filosofía, más allá del conocimiento obtenido, primero en Bachillerato; después –muy escaso, por los cambios de planes que me tocó vivir- en la facultad y, desde entonces, en lecturas y clases de aficionado. Pero sí creo, en ese mi corto entender, que no se ha sido demasiado justo con Epicuro, filósofo griego, entre los siglos IV y III a. C, al que no se nos ha enseñado a catalogar e identificar con el hedonismo y el placer sensual en general. 

      Y no porque este filósofo no defendiera la bondad de los placeres, sino porque los organizó y jerarquizó de tal manera, que puso en lugar destacado, como “placer del alma natural e innecesario” el de la conversación amena con los amigos, muy por encima de los que denomina placeres naturales necesarios –comer y beber, por ejemplo- y a la altura de las artes. Es, según nuestro filósofo, uno de los placeres que hay que practicar hasta la satisfacción del corazón.

  ¡Qué bien me lo paso en mi tertulia semanal! Y cuánto aprendo de mis interlocutores, de mis amigos. Pasamos de los temas personales, a modo de repaso de la semana, al comentario de acontecimientos y noticias destacadas; referimos e intercambiamos nuestras respectivas lecturas y nos regalamos opiniones sobre ellas. Naturaleza, historia, literatura, valores humanos… Siempre con la sinceridad gratuita, innecesaria, del que no espera, a cambio, más que otra opinión. No hay lugar para los halagos fáciles, ni se prodigan las tercas oposiciones. Cuanto más hablamos, más profundizamos en nuestra amistad, más se satisface nuestro corazón. De tal modo que, nada más terminar nuestro encuentro, ya pensamos en el siguiente.

      Efectivamente, la amistad es un gran placer, y la conversación, su mejor manifestación. En esta época de contactos electrónicos, tal vez estemos tan preocupados por estar cerca de los ausentes, con nuestros móviles y ordenadores, que perdamos la hermosa oportunidad que nos brinda el contacto, innecesario, pero tan fructuoso, tan enriquecedor, de los que podemos tener cerca de nosotros “ con carne, hueso, nariz y pescuezo”, como aprendí a decir de pequeño.
  

domingo, 18 de agosto de 2013

Repite, que algo queda

Parece claro que,  a lo largo de la vida,  lo que  comenzó  siendo  una elección libre, original, creativa, puede terminar convertido en rutina o en necesidad, con lo que pierde el carácter de elección consciente, al menos con lo que suele llamarse voluntariedad actual. 

Por otro lado, tenemos que elegir, necesitamos elegir, no hacemos otra cosa que elegir; o al menos eso pensamos, incluso cuando nuestro acto concreto ya escapa de hecho a nuestra capacidad de elección. Pienso, por ejemplo, en mis años de fumador, cuando yo cogía un cigarrillo pensando que elegía fumar libremente, pero en realidad casi no podía dejar de hacerlo. Bien es verdad que un día dejé de fumar, y recuperé –por así decirlo- mi libertad de elección, que desde ese momento me ha llevado a elegir no fumar, sin ningún esfuerzo.

Tal vez tengamos, entonces, que concluir que esa capacidad de elegir tiene que ejercitarse constantemente, de verdad, es decir, que nos interesa poner a prueba habitual nuestra capacidad de decir que sí o que no, y especialmente la de decir que no, que parece más madura que la de conceder sistemáticamente a nuestro deseo lo que en principio se le presenta como satisfactorio. Y esto en todos los terrenos.

Porque, viéndolo con perspectiva positiva, el autodominio proporciona una grandísima satisfacción. Es realmente agradable ser capaz de llevar una decisión, tal vez exigente en sí misma, pero con unos objetivos que resulten interesantes, hasta sus últimas consecuencias. 

De ese modo, y volviendo al principio, al elegir libremente un acto y otro, y repitiéndolos una vez y otra, en orden a la consecución de aquello que consideramos importante, llega un momento en que nos parece que escogemos aquello que queremos, casi sin esfuerzo, casi si elegirlo, casi rutinariamente y, sin embargo, para el que nos observa con imparcialidad, podemos llegar a convertirnos en personas de carácter, y esos hábitos, fruto de nuestra repetición, creativa y esforzada en su origen, podrían ser ahora llamados simplemente virtudes.  

miércoles, 10 de julio de 2013

El muñeco tropezón

     
     No sé prácticamente nada de lo que, a partir del famoso libro de Coleman con ese título, se ha dado en llamar inteligencia emocional. Por lo poco que sé del asunto, consiste en el control de las manifestaciones externas de las emociones. Es inteligente, desde el punto de vista emocional, la persona capaz de exteriorizar sin cortapisas, pero de un modo equilibrado y maduro, sus manifestaciones de afecto, comenzando por las dirigidas a los que tiene más cerca. 

    No debe ser mi fuerte ese control, porque mi anciana madre a veces se enfada un poco, cuando me pongo pesado con mis muestras externas de cariño. Con las personas mayores se corre el peligro de humillarlas un poquito si se les trata como si fuesen niños pequeños, aunque estoy convencido de que se trata de un riesgo que hay que correr, porque es necesario que se sientan queridos de un modo también sensorial, especialmente de los más cercanos.

    Pues, en uno de esos enfados, mi madre se quejó de un modo que me resultó original. "Me tratáis como un muñeco tropezón". En un primer momento, la expresión me sonó a conocida, pero de todos modos, le pregunté a qué se refería exactamente. "Pues, eso, un muñeco al que todo el que pasa le da un golpecito o le hace una tontería", vino a decirme, más o menos, con sencillez.
 
    Lo busqué en diccionarios de todo tipo y en páginas de internet y no encontré el sintagma muñeco tropezón por ningún lado, así que me sirvió al menos, que no es poco, para estimar aún más la originalidad de la para mí más entrañable de las ancianas. De todos modos, un buen y sabio amigo me recordó que lo que mi madre parecía querer expresar se recoge en el contenido de la palabra tentetieso, que, según el diccionario académico es un "muñeco de materia ligera, o hueco, que lleva un contrapeso en la base, y que, movido en cualquier dirección, vuelve siempre a quedar derecho".

    En un primer momento admití sin más la coincidencia entre el original muñeco tropezón y el académico tentetieso, pero después, aplicados ambos términos en sentido figurado al modo de reaccionar ante las incomodidades de la convivencia, no tuve más remedio que matizar la sinonimia. Sin duda todos somos tropezones, porque todos recibimos - igual que proporcionamos- golpes en el trato con los demás. Pero no todos reaccionamos como el tentetieso, porque éste "vuelve siempre a quedar derecho", como si no hubiera pasado nada.

    No es fácil olvidar, perdonar, quitar importancia... Pero ¡qué felices viven los que han aprendido a desprenderse de la pesada e inútil carga del rencor!

   
      

viernes, 14 de junio de 2013

Periodismo y tabletas

    Mi amigo es tan buen periodista que, como se dedicaba a las noticias de tribunales, decidió que tenía que estudiar Derecho, para poder hablar -y escribir- con propiedad sobre esos temas. Como es un profesional responsable, mi amigo ha defendido recientemente su tesis doctoral y ahora con frecuencia es invitado por los profesionales de la justicia para que él los ponga al día sobre las relaciones, no siempre fraternales, entre justicia y derecho a la información. Mi amigo contradice evidentemente la divertida distinción de Chesterton entre filósofos y periodistas, según la cual los primeros lo saben todo sobre algo, mientras que los periodistas  suelen saber algo sobre todo.

    A veces, mi amigo es invitado como experto en tertulias televisivas en las que todos son periodistas. Pero, como no hay peor cuña que la de la misma madera, lo que entre los profesionales de la justicia era silencioso respeto para escuchar a un especialista, se convierte en algarabía entre sus colegas. En vez de atender y disfrutar de la oportunidad de saber -algo más que poco- sobre el tema del día, antes de que el invitado termine su exposición, comienzan a opinar acaloradamente, dejando al colaborador ocasional con la palabra en la boca y con la perplejidad de quien tal vez esté perdiendo el tiempo entre gente que ya parece saber tanto sobre el tema de su especialidad.

    Eso sí, los tertulianos cuentan con la inestimable ayuda de portátiles y tabletas que, con su rápida conexión a la internet se convierten en el nuevo argumentario de autoridad, sustituto de urgencia de las aulas y seminarios especializados, de las bibliotecas y de los centros de documentación.

    Hace algunos años, el hoy director de un importante medio comunicativo pedía que la sociedad entendiese que el trabajo de los periodistas consiste en ser honradamente parciales y es verdad que junto a la noticia esperamos la opinión, según la división clásica de los mensajes periodísticos. Pero necesitamos noticias veraces y opiniones fundamentadas, igual que el profesor ha de conjugar la inviolable libertad de cátedra con la profundidad en sus exposiciones, fruto de su lectura y de su estudio.

    No tiene por qué ser un imposible que al escuchar los argumentos de los demás, podamos completar e incluso modificar los nuestros. Como hoy va la cosa de citas más o menos anónimas, recuerdo que un político de la transición (últimos años de la década de los 70 del siglo pasado, para los lectores más jóvenes), ya fallecido  definía la democracia -hoy es imposible no esbozar una sonrisa triste al recordarlo- como "la duda permanente de que probablemente sea el otro el que lleve razón".

    En cualquier caso, yo disfruto con mi amigo, porque aprendo de quien sabe de lo suyo, también cuando opina, porque estaré o no de acuerdo, pero reconozco que sus puntos de vista son los de un especialista

martes, 11 de junio de 2013

Nosotros sí sabemos quién es

            Me cuentan que un buen amigo tiene principios de Alzheimer. Cuando fueron a verlo hace unos días, todo parecía ir bien en la conversación, hasta que, tras expresar algunas ideas inconexas, mi amigo se echó a llorar. Sufre al darse cuenta de que a veces lo que dice  no tiene demasiado sentido. Durante muchos años, además de sacar adelante una familia numerosa, junto a su mujer, ha sabido resolver en su trabajo muchas tareas importantes, precisamente con ese cerebro suyo que ahora le juega estas malas pasadas. Es un anciano sencillo y agradable y ojalá pudiera entender que, para sus familiares y amigos, lo de menos es la coherencia de lo que diga, siempre que nos permita atenderlo y hacerle compañía. 

Es un misterio esta enfermedad, como lo han sido a lo largo de la historia otras muchas, hasta que la perseverancia de los investigadores da con una solución, como estoy seguro de que ocurrirá con ésta. Pero aparecerán otras nuevas, en una cadena que tal vez no termine mientras no se acabe la vida sobre la tierra. Por tanto, es muy probable que siga habiendo siempre amigos enfermos a los que visitar, escuchar y consolar cuando lloren.

Recuerdo el caso de otro señor, ya con la misma dolencia en grado profundo, cuya familia decidió que estaría mejor atendido en una residencia. Como no encontraron un establecimiento adecuado en su ciudad, lo ingresaron en un centro de otra población, algo alejada de la suya y por tanto también alejada de sus amigos de siempre. Pero éstos, ya mayores como él, como no podrían visitarlo con frecuencia, animaron a otros amigos comunes de la nueva ciudad a que pasaran de vez en cuando un rato junto a él. Y así lo hacían.

Uno de los días, una persona que trabajaba en el centro, sorprendida por el tiempo que dedicaban unos “extraños” al residente, con el esfuerzo que para algunos de ellos -ya mayores también- suponía, les aconsejó espaciar más las visitas, porque “él no los reconoce -vino a decirles-, no sabe quiénes son ustedes".

De un modo sencillo, y sin animo de reconvenir a esa persona, uno de los señores comentó “Tal vez lleve usted razón, y él no nos reconozca, pero nosotros sí sabemos quién es; por eso venimos con toda la frecuencia que podemos. No queremos que se sienta solo”.

Compasión, simpatía o empatía -término este último de moda, tal vez porque iguala más a emisor y receptor de la pasión que las tres palabras suponen- expresarán siempre actitudes necesarias, por mucho que avance todo, para que nuestra sociedad mantenga simplemente su calificativo esencial, el de humana.

lunes, 10 de junio de 2013

La hucha de las penas


   A veces, los domingos veo la televisión mientras desayuno. Me gusta ver los reportajes que reproducen a esas horas tempraneras en la 2 sobre actividades humanitarias y religiosas de distintas personas y grupos humanos. 

   Ayer aparecía una monjita de clausura, que parecía mayor –no se le veía del todo la cara, pues hablaba tras una celosía, y además miraba hacia abajo- y que hablaba con esa dulzura propia de estas personas, que a unos encanta y a otros “espanta” (no sé si se trata de prejuicios en ambos casos. Puede ser). No recuerdo muy bien todo lo que dijo, pero me quedé con algo que realmente me hizo pensar. “Este convento –decía- es una hucha de penas, en la que todo el que viene deposita alguna”.

   Más de una vez, un  buen amigo, con el que disiento habitualmente con afecto sobre estos temas, me ha comentado que, en todo caso, entiende a las monjas “activas”, las que están “al pie del cañón“, con marginados, dependientes, excluidos, etc., pero que a estas señoras de las clausuras “las pondría a todas a trabajar”. 

   Me acuerdo de Momo, el famoso personaje de Michael Ende, esa niña, harapienta y alegre, que habla poco y no demasiado bien, pero que –sobre todo- sabe escuchar como nadie, y que es capaz de terminar, casi sólo escuchando, con la amenaza de los “hombres grises”, esos misteriosos señores que quieren arrebatar el tiempo de los demás, para convertirlo en eficacia productiva

    Y vuelvo a la monjita de marras y a su hucha de penas conventual. Todos los que dedican su tiempo a los demás merecen mi respeto, pero escuchar las penas –o las alegrías que, cuando nadie las quiere escuchar, se convierten a menudo en penas especiales- es tal vez uno de los servicios más agradecidos… sobre todo si el que escucha, deja hablar y habla poco.

martes, 4 de junio de 2013

Buena gente

   Esta mañana me he ido, sin prisas, a buscar información sobre los corrales de vecinos de Sevilla. Resulta que mi madre, la más entrañable de las ancianas que conozco, tiene ciertas dificultades para recordar lo inmediato, pero disfruta relatándome recuerdos de su infancia y juventud. Ya sé que el suyo no es un comportamiento original -le pasa a todos los viejos-, pero por aquello de que "Madre no hay más que una...", estoy haciendo lo posible por ofrecerle datos de sus primeros años, para que reconstruya con más facilidad esos recuerdos que tanto nos hacen disfrutar a los dos. 

   Y como no encontramos fotos del corral de vecinos donde pasó niñez y mocedad, y del que, como dice con orgullo, salió "para casarme con tu padre", me he puesto a investigar un poquito y aquí viene lo del título: ¡qué personas más agradables me he encontrado en los lugares que he visitado por ahora! Primero, un joven estudiante que administra una página electrónica sobre Sevilla, que al instante de escribirle con mi solicitud, me contestó atentísimo y me proporcionó el título de un libro sobre el asunto. En la biblioteca municipal más cercana a mi casa, un joven -de pantalón corto, camiseta desenfadada y gran pendiente-  me ha buscado con gran interés y seriedad el título y me ha informado de que lo encontraría en otra biblioteca no muy alejada. En ésta, una agradable y educada joven me ha ofrecido otro título sobre el tema y se ha comprometido a avisarme por correo electrónico cuando devuelvan el libro que busco, que está prestado. Finalmente, en un colegio profesional, en el que supuse que dispondrían de centro de documentación sobre la historia de la arquitectura popular sevillana, otro joven, que tal vez me ha visto despistado, pero ilusionado con lo que busco, me ha anotado pacientemente los datos del lugar al que acudir, con inclusión del teléfono y del nombre de la persona a la que llamar, "para que no des el viaje en balde"-me ha dicho.

    Sé que, igual que de los despistes de memoria de mi madre, también de estas actitudes de los que trabajan cara al público se podría decir que son normales, que son mayoría los que manifiestan respeto, educación y cordialidad hacia los ciudadanos a los que sirven con su tarea, pero quiero dejarlo escrito, con agradecimiento. ¿Que no?, ¿que no son normales estos comportamientos?, ¿que lo habitual son las caras largas, las prisas y la desgana con los que se acercan a los lugares públicos? Pues qué se le va a hacer, me han tocado los cuatro jóvenes agradables que había hoy en Sevilla. Suerte que tiene uno. En cualquier caso, gracias de nuevo, y ánimo a todos los servidores públicos, porque se pasa mucho mejor si vemos felices a los servidos.




lunes, 3 de junio de 2013

La educación y los nuevos ciudadanos

   Estoy pasando unos días estupendos, dedicado a la revisión de los libros y abundantes papeles que tengo en casa. No era lo previsto para esta época del año, en la que habitualmente están mis colegas, los docentes, como yo tantos años, apurando los últimas días de vacaciones, a punto de comenzar las clases,  con la ligera sobrecarga de trabajo que supone. Pero, después de tres décadas y media de septiembres "desbordados", ahora, por aquello de que "el hombre propone... y Dios dispone", me dedico a revisar mis libros, y me llevo todo tipo de sorpresas: libros "prestados", que habrá que devolver; libros que habrá que regalar, porque están repetidos, porque fueron regalos sin  interés, o que se compraron sólo por su novedad o interés pasajero; también libros de los que no me desprendo, por ahora y, finalmente, libros con los que no sé qué hacer.

   Esta mañana, mientras esperaba pacientemente que me llegara el turno en la oficina de correos -no sé qué pasa últimamente, que se forman unas colas...- una anciana manifestó en voz bajita, pero para que yo la oyera, sentado a su lado como estaba, su malestar por el modo en que un joven usuario reaccionaba ante un pequeño inconveniente. "A tomar por..." parece que dedicaba el ya no tan muchacho al empleado -o al supuesto remitente de un envío fallido, o... a la vida en general, que no quedó muy claro-. Y la pobre señora, eso sí muy discretamente, dada la previsible reacción del representante de la hornada juvenil "mejor preparada de nuestra historia" (según los políticos), se me lamentaba con un "¡Vaya cómo está la juventud!", que sonaba a frustrada resignación de quien esperaba que los estudios que ella no pudo realizar, servirían a los nuevos ciudadanos a mejorar en instrucción, sin perder la educación (y perdón por el ripio).

   Con motivo de la reforma educativa que se aproxima, se ha reavivado la discusión sobre una de las asignaturas "marías" que no queda claro si va a desaparecer o va a ser reforzada, la denominada Educación para la ciudadanía. Dejando a un lado el nombrecito con el que, al menos, se evita eso tan feo de "... para los ciudadanos y las ciudadanas", no recuerdo haber leído en los manuales de ninguna editorial referencias a la ciudadanía ("Comportamiento propio de un buen ciudadano", según el diccionario académico) de la vida ordinaria, a lo que se llamaba buena educación, o urbanismo, o buenos modales o, simplemente, vergüenza.

   Y aquí vuelvo al principio, porque en ese repaso que hago de los libros que se esconden en mi casa, he encontrado uno curiosísimo, Ama, resumen de economía doméstica, publicado en 1961, que incluye un capítulo denominado "Vida de relación" (¡Cómo cambian de significado las expresiones!), con muchas e interesantes "antiguallas de moralina rancia", como díría alguno de mis queridos colegas, más avanzados que yo. Selecciono sólo un parrafito del citado capítulo:
     
        "Y el respeto al prójimo obliga igualmente a que, en todo momento, nuestra actitud sea correcta, res­petuosa para con     todos, amable, sencilla, deferente, sin afectación ni orgullo; debemos observar siempre las normas de urbanidad : ceder la acera a quien co­rresponda, y de manera especial a los mayores, saludar a los conocidos sin distinción de clases y jerarquías; no vociferar, no arrojar papeles ni monda­duras en la calle, etc.".

 ¿Qué hago con este libro?, ¿lo tiro?, ¿lo regalo?, ¿lo recomiendo para que alguna marca de bebidas lo patrocine y regale en la puerta de las discotecas?... Es broma.

Paco Martín

viernes, 24 de mayo de 2013

"Escuela pública o pijos muertos"

Hoy he vuelto a pasar por la puerta de un conocido instituto de enseñanza secundaria sevillano –en el que, por cierto, trabajé durante un curso en los primeros años de profesor- y he comprobado con agrado que los directivos han tenido la sensatez de cubrir cuanto antes las pintadas de la última jornada de huelga contra la reforma educativa. Porque la disyuntiva que da título a esta nota de hoy (“escuela pública o pijos muertos”) era precisamente la pintada que más me llamó la atención días atrás. Y sentí una gran desazón como ciudadano y como profesional de la enseñanza.

Tal vez no se trate más que de una expresión hiperbólica, de las habituales en un día de movilización juvenil acalorada, y que no se corresponda en absoluto con la más mínima intención de desear la muerte al que no estudie en un centro educativo público.

Pero escrito en la puerta de un centro de enseñanza, en el que los muchachos han de aprender, entre otras cosas, a utilizar la razón para defender sus opiniones en una sociedad democrática, es la manifestación práctica del más absoluto de los fracasos.

Nunca, ni de broma, han de aprender nuestros jóvenes a combatir las ideas opuestas a las suyas por medio de la eliminación del contrario. Sin tolerancia es imposible la convivencia. Si el autor del grafiti (o “grafito”, como propone la real academia) es partidario de la exclusividad de la escuela de iniciativa pública, que aprenda a defenderlo democráticamente, que se reúna con chicos que lo vean de otro modo y, ¿por qué no?, en torno a un velador con unos refrescos, escuche, hable y disfrute. Nada más humano que la comunicación civilizada.
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Nota: Ayer, también en Sevilla, un señor agredió gravemente a un médico de un centro de salud, porque le daba algún tipo de explicaciones que no le convencieron. El médico tuvo que ser trasladado a un hospital. Espero que el ciudadano no se dedicara cuando joven a escribir pintadas como la que comentamos.

miércoles, 22 de mayo de 2013

La "Championlí" y la "Europalí"

La liga de fútbol está terminando y es el momento de recoger los frutos -calabazas, en el peor de los casos- del trabajo de todo el curso deportivo. Unos equipos subirán de categoría, otros tendrán que probar suerte en una liga inferior. Y los que lo han hecho mejor podrán participar en las dos competiciones europeas, la Liga de Campeones y la Liga Europea, expresiones -que no traducciones- de lo que en inglés se expresa con "Champions League" y "Europe League". 
Y digo que no se trata de traducciones porque en Europa somos todos iguales, y lo son por tanto todas las lenguas habladas en nuestro continente. Es evidente que el inglés se ha convertido por la fuerza de los hechos en la lengua para comunicarnos, no sólo con los demás europeos, sino con los habitantes de todo el mundo, pero no debe ello significar que los demás idiomas "traducen" lo dicho o escrito en esa lengua.
Así que si nos quejamos los españoles de que nuestra lengua no es siempre respetada en las instituciones europeas, comencemos por respetarla nosotros, utilizándola adecuadamente, sin expresiones como las que titulan esta nota de hoy, que ni son inglesas, ni castellanas, sino meras adaptaciones de la jerga periodística, que prefiere la inmediatez a la precisión.